Como Gary lo había augurado, Brenda despertó de su inconsciencia con un jadeo furioso. Lo primero que hizo fue dirigirse a la cuna de la pequeña Aisha. Al verla vacía, un grito de rabia pura retumbó por toda la mansión, un aullido que hizo temblar las paredes.
Salió por los pasillos a paso firme, los tacones resonando como martillazos, buscando a sus lacayos.
—¡Líder! ¡Líder! —sus gritos eran puro veneno.
El líder de los exiliados apareció al instante.
—Dígame, señora.
—¿Dónde está la pequeña c