Las manos firmes apretaban sus caderas. Con voz ronca, le ordenaba que dijera su nombre.
—A-Axel —pronunció ella, llena por completo de su falo, tan grande que a ratos resultaba doloroso.
El hombre gruñó a sus espaldas y le dijo que se pusiera frente a él.
Ella se giró. Axel la miraba con una sonrisa y, de la nada, se adueñó de sus labios. Acarició su mejilla y le dijo que, de ahora en adelante, dormiría con él.
Ariana se iba a negar; sin embargo, el recuerdo de la sangre en su camisa la detuvo.