KOSTAS.
Me quedo en la cama, adormilado, sintiendo el peso de Melisa a mi lado. Ella está boca abajo, su respiración es regular contra el colchón. Extiendo una mano y acaricio su espalda desnuda, la suavidad contrasta con la aspereza de mis dedos. Deslizo la mano hasta su cuello y deposita un beso suave en el punto donde se une con el hombro.
Una marea caótica de sensaciones y emociones se arremolina en mi pecho. No sé qué siento por esa mujer exactamente. No es solo lujuria, aunque la adrenali