KOSTAS.
No puedo detenerme, ni quiero. No dejo de besarla, no le permito recuperar el aliento ni el juicio. La beso con una intensidad que borra el sonido del motor y la existencia del conductor, con la única misión de grabar mi posesión en su alma.
La camioneta finalmente se detiene con un suave chirrido, y el movimiento abrupto nos separa. El chofer apaga el motor, creando un silencio denso. La realidad nos golpea.
La empujo suavemente hacia su asiento, obligándonos a separarnos. Su vestido e