MELISA
Estoy sentada frente a Kostas en esta mesa, y la cena ya no importa. El restaurante está absurdamente vacío; es evidente que él ha comprado la privacidad, dejándonos solo a los dos, como si estuviéramos en la boca de un lobo lujoso. Siento su poder no en lo que dice, sino en la silenciosa autoridad con la que domina este espacio.
Su mirada me recorre. No es un escrutinio amable; es lento, posesivo, como si pudiera ver a través de la seda de mi ropa. Me pone inquieta. Siento el calor subi