MELISA
El grito me desgarra la garganta. El dolor me atraviesa el tobillo como una puñalada caliente, y caigo al suelo. Grito de nuevo, mis manos se cierran sobre la tierra, y me revuelvo en el dolor. Las lágrimas brotan de mis ojos, no solo por el dolor físico, sino por la brutal ironía del momento. Acabo de decidir escapar, y la primera cosa que me pasa es que me rindo a la debilidad de mi propio cuerpo.
En cuestión de segundos, Luis y Marco están a mi lado. Sus rostros, que hasta ahora eran