MELISA
Me siento en la silla del comedor, sintiendo el frío de la madera. Son tres días de quietud forzada y este desayuno, lejos de la cama, es mi única victoria. Miro el plato frente a mí, pero el apetito no aparece. La casa está en silencio; Kostas y Nick no están, y el vacío de la ausencia me pesa tanto como el aburrimiento.
Me cuesta mantenerme quieta. Siento la energía acumulada en mis músculos, el impulso de levantarme y moverme, pero las palabras del médico resuenan en mi cabeza. Es una