MELISA.
La oscuridad se disipa lentamente, y la conciencia regresa como una ola fría. Abro los ojos, y lo primero que percibo no es la luz, sino un olor familiar y fuerte: el café de Kostas y su loción.
Siento que estoy recostada en el sofá del despacho, no en el suelo. La cabeza aún me late levemente, y la sensación de náusea persiste, un recordatorio desagradable de la caída.
Muevo un poco la cabeza. El mundo se siente viscoso, lento. Miro mis manos. Están temblando. Intento enfocar la vista,