Atendí mirando de soslayo a Micaela, que se incorporó con rapidez y se dirigió a la cocina, saliendo de mi campo visual. Mientras yo hablaba por teléfono, el olorcito a tocino llenó la cocina.
Que la detective comenzara la conversación preguntándome cómo estaba me dio mala espina, porque daba la impresión de ser la clase de persona que no espera para dar novedades. Y no tardé en comprobarlo.
—Aún no logramos hallar a Dylan —dijo al fin en tono opaco—. Tenemos su apartamento y la casa de su amig