A pesar de las protestas de Micaela, seguí empeñada en ayudarla en cuanto podía a limpiar la casa de huéspedes, porque dejarla trabajar sola me hacía sentir tan inútil como aprovechadora.
Terminamos poco antes del mediodía, pero el desayuno había sido tan abundante que ninguna de las dos tenía apetito, y decidimos que ya nos haríamos unos emparedados más tarde.
—¿Salimos a caminar un rato? —propuso cuando regresamos a la planta baja—. Es un día hermoso y es un crimen pasarlo encerradas.
Acepté