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Bill asintió con una sonrisa fugaz, distante. Era obvio que estaba allí para ejecutar órdenes, no para socializar.

—Aquí está el teléfono que pediste —le dijo a Sal, tendiéndole una caja todavía sellada con cintas de seguridad.

Sal me señaló con un breve cabeceo y Bill me entregó la caja antes de volver a enfrentar a su jefe.

—Necesito que hagas dos cosas —dijo Sal sin pre

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