"Michael… no te vayas otra vez. ¿Cuándo vas a volver? La próxima vez trae a Evan…”
Eric condujo sin pensar, las manos tensas sobre el volante, la mandíbula cerrada como si cada palabra no dicha se hubiese acumulado entre los dientes.
El amanecer apenas comenzaba a teñir de azul los tejados, pero en su pecho no había luz. Solo ese viejo frío que conocía demasiado bien: el de las heridas que nunca cierran.
Cuando llegó al hospital, Amanda dormía. Se quedó un momento viéndola a través del cristal,