Las horas en casa pasaron con una lentitud desesperante.
Amanda intentó dormir, pero el colchón le resultó hostil. Se paseó por el salón sin saber qué buscar, se cambió de ropa tres veces sin terminar de arreglarse del todo. El silencio era lo peor. Había vivido muchos silencios, pero ese era distinto. Pesado. Preñado de todo lo que no se había dicho esa mañana en el hospital.
Por fin, cerca del mediodía, el chofer llegó y la condujo hacia la nueva residencia donde habían instalado a su madre.