El chirrido de las llantas al frenar frente al hospital sacudió el silencio de la noche. Eric descendió del coche sin apagar el motor, rodeó el vehículo y abrió la puerta del copiloto con torpeza. Amanda seguía desmayada, con la cabeza ladeada, el rostro pálido y los labios entreabiertos.
—Aguanta —susurró, tomándola en brazos con cuidado.
Entró por urgencias como una tormenta.
—¡Necesito ayuda! —gritó, avanzando directo hacia el mostrador—. ¡Es una emergencia!
Varias enfermeras se giraron. Una