Nicolás dio dos pasos atrás. Pude ver cómo el color de sus ojos se ensombreció, como si se le hubiese ido parte del alma. Comenzó a negar, y entonces yo sacudí un poco mi cabeza para que el color rojizo de mi cabello se notara más.
— ¿Quién eres? — dijo él.
Retrocedió hasta tal punto de que tropezó con el mueble y cayó de espalda sobre él; luego rodó por el suelo, golpeando la mesita del centro. Después se puso de pie, me apuntó con el dedo; pude ver cómo los ojos le brillaron.
— ¿Qué