—Señorita, no la puedo esperar todo el día —dijo el taxista, mientras yo apretaba con fuerza los puños esperando a que Oliver se originara a salir.
—Sí, lo sé —le dije al taxista—. Solo espérame cinco minutos más, le prometo que ahí está —dije en cuanto vi que el hombre había aparecido. Su auto, de vidrios oscuros, atravesaba el pequeño puente que separaba la calle de la empresa.
—Sígalo. Quiero que siga disimuladamente a ese auto.
—¿Está segura que no estamos haciendo algo ilegal?
—Por su pago