Conducía a casa más bien como un loco, porque así me lo pedía el cuerpo, porque no era capaz de concentrarme. Incluso me salté un par de semáforos. Recibí una llamada del hombre encargado de mi esquema de seguridad y contesté, más bien por puro instinto.
—¿Está pasando algo? ¿Por qué va tan rápido?
—Estoy bien —le dije.
Los autos que me seguían para protegerme también tenían que saltarse los semáforos en rojo que yo había cruzado en mi desesperado ataque de huida. Pero luego tuve que calmarme,