Me volví con los ojos muy abiertos hacia Samuel. El hombre me miró con curiosidad, se puso de pie y caminó hacia donde yo estaba.
—Es él... es él —le dije.
—¿Quién es?
Cuando él miró por el ojo de pez de la puerta, volvió su vista hacia mí.
—¿Quién es él? —repitió.
—Es Valentín —le dije, cruzándome de piernas. De repente, me habían entrado unas ganas enormes de hacer pipí.
—Pues bueno, hay que abrirle —dijo Samuel sin miramientos. Tomó el pomo de la puerta y lo giró.
La estampa de Valentín apar