La tensión que se formó en ese instante en el parqueadero fue abrumadora, casi asfixiante. Ambos hombres se miraron como si cada uno tuviera el derecho de decidir con quién debía irme. Pero entonces Nicolás puso sus verdes ojos en los míos, ignorando por completo la presencia de Samuel. Estiró su mano y agarró la mía con delicadeza.
—Vamos, yo te llevaré a casa —dijo.
Vi en los ojos de Samuel la determinación de detenerlo. Estaba completamente segura de que los hombres se irían a los puños en c