Cuando escuchó aquello, no pude evitar notar en el rostro de Isadora una mueca de decepción, pero luego de aceptación.
— Es entendible — dijo — . Es entendible que lo hubiera hecho, que ya no quisiera verme. Pero yo no estoy aquí para eso. Sé desde hace mucho tiempo que mis hijos ya no me quieren en sus vidas, que yo me alejé de ellos y que ya no merezco volver. Vine porque me lo pediste, vine porque me he enterado de las noticias, porque sé lo que está sucediendo y puedo ayudar. Realmente.
Y entonces Nicolás apareció detrás de nosotros, cargando al pequeño Elián en sus brazos. Cuando Isadora lo vio, no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.
— Nicolás… — murmuró ella como saludo.
Isadora fue el saludo más cortante y frío que había presenciado en mi vida, pero ¿qué más podían hacer? Ambos habían sido parte de la venganza que me había arrastrado al abismo en el que terminé.
— ¿Puedo verlo? — preguntó ella, dando un paso al frente.
Pude ver cómo sus rodilla