Inmediatamente me puse de pie.
— ¿Qué están haciendo? En las cámaras de seguridad se vio que era defensa propia. ¡No pueden hacer esto!
— El señor tiene una denuncia en su contra — dijo uno de los policías, apoyando su mano en mi pecho con un poco de brusquedad.
— ¡Suéltela! — dijo Cristian con rabia — . ¡No la toque!
El policía sabía quién era Cristian. Todo el mundo sabía quién era Cristian: el soldado condecorado, el asesino despiadado. Así que me soltó bajo la amenaza del guardaespaldas.
— Tranquila — me dijo — . Voy a estar bien. Previmos que esto iba a pasar en cualquier momento. No te preocupes, tarde o temprano comenzarán a atrapar a los verdaderos involucrados, a quienes merecen estar en la cárcel de verdad.
Y después de esto, los hombres tomaron a Cristian y se lo llevaron. Sabía que no debía preocuparme. Cristian y Valentina habían planeado todo desde el principio.
No era imposible no sentirme impotente ante esa situación: llevándose a Cristian a la cárcel, con Nicol