Samuel pasó corriendo por nuestro lado; su cara había palidecido varios tonos, parecía en serio bastante asustado.
— ¡Corran, que esto va a explotar! — gritó otra vez.
Entonces, entre Cristian y yo tomamos a Nicolás por los hombros y lo arrastramos al exterior.
— ¡Corran, corran! — seguía gritando Samuel.
Y nosotros ciertamente no habíamos logrado entender qué era lo que estaba pasando, pero corrimos de todas formas. En el momento en el que salimos de la bodega, en el que los últimos hombre