Samuel pasó corriendo por nuestro lado; su cara había palidecido varios tonos, parecía en serio bastante asustado.
— ¡Corran, que esto va a explotar! — gritó otra vez.
Entonces, entre Cristian y yo tomamos a Nicolás por los hombros y lo arrastramos al exterior.
— ¡Corran, corran! — seguía gritando Samuel.
Y nosotros ciertamente no habíamos logrado entender qué era lo que estaba pasando, pero corrimos de todas formas. En el momento en el que salimos de la bodega, en el que los últimos hombres salieron de aquel lugar, el suelo tembló debajo de nosotros con una explosión tan fuerte que, cuando salió por la compuerta que daba a las escaleras que dirigían al piso subterráneo, un fogonazo atravesó toda la bodega y por poco nos rostiza.
Al salir por la puerta principal yo caí acostada al suelo. La onda expansiva me había empujado, tal vez, y Nicolás se quejó de dolor. Al menos habíamos logrado cubrir la herida y ya no sangraba tanto, aunque su cara estaba muy pálida.
— Me destruyó todo