ANDY DAVIS
Tragué saliva algo intimidada, pero me mantuve firme.
—No vuelvas a llamarme… No vendré de nuevo a escuchar los desvaríos de un loco —respondí y cuando di media vuelta, dispuesta a abandonar el lugar, Bastián sacó las manos de entre los barrotes, como si quisiera alcanzarme, y de nuevo perdió los estribos.
—¡Espera! ¡Espera! —exclamó desesperado—. Solo déjame decir algo más…
—¿Las contraseñas de tu computadora? —pregunté con burla, sabiendo que no lo haría tan fácil.
—No, algo mej