MOLLY DAVIS
—¿Qué dijiste? —susurró Nadia con los ojos bien abiertos y los puños firmes.
—¿Nadie te dijo que enamorarte de tu hermano es grotesco y asqueroso? —pregunté con media sonrisa, viéndola rechinar los dientes.
—Perra estúpida —soltó con una sonrisa, como si con eso fuera suficiente para ofenderme.
—Qué curioso, no lo negaste… —agregué borrándole la sonrisa. Entonces me tomó del brazo y me arrastró hasta la cama y me arrojó sobre ella. Tomó de nuevo la pequeña caja y me la aventó con