LUCIEN BLACKWELL
Tuve que recoger muchos pétalos del suelo, y mientras lo hacía, no pude evitar sonreír, recordando el motivo. Camille se había convertido en una adicción. No podía mantener la calma cuando acariciaba su piel o cuando me veía de esa manera, con deseo. Esa mujer me tenía a sus pies.
—¿La tienes? —pregunté hacia el teléfono que descansaba en la mesa a un lado, con el altavoz encendido.
—¡Auxilio! ¡Me secuestran! ¡Alguien haga algo! —escuché la voz de esa mujer resonando con fuerz