ANDY DAVIS
El viaje había sido tranquilo y emocionante. Los mellizos nunca habían subido a un avión y saber que en el que viajábamos era de su padre fue para ellos una experiencia novedosa y llena de euforia, asomándose por cada ventana, cambiando de asientos, pidiéndole a la sobrecargo golosinas, para terminar profundamente dormidos, acurrucados como un par de gatitos.
—Son adorables… —dijo la sobrecargo mientras acomodaba una cobija sobre ellos—. Sorprendente que sean hijos del señor Ashford