El amanecer en la mansión de Enzo no trajo el oro y la calma esperados, sino un tono grisáceo y opresivo. Para Sabrina, que se había dormido por pura extenuación al borde del pánico, el despertar fue abrupto. No fue el sol, sino una punzada fría y aguda en el pecho: un presentimiento. Era la sensación visceral de que algo andaba mal, como si la cuerda de su ansiedad se hubiera tensado hasta un punto crítico.
Se despertó en el centro de la gigantesca cama de seda, con la manta enrollada en sus p