Al llegar a su casa, la imagen de la chica embarazada, la de ojos vacíos y panza redonda, se le había clavado en la memoria como una espina.
—Era injusto culparla —murmuró, repitiendo las palabras de la encargada Rebeca—. Como si una niña de dieciséis años tuviera la madurez de ser madre.
Caminó hacia la cocina. Dejó el bolso sobre la encimera. El golpe fue suave, distraído.
Su celular anunció un mensaje. Era de Lía. Desbloqueó la pantalla con un gesto automático. Al abrirlo, la foto de Marcus