Él abrió la puerta con las llaves que le dio la recepcionista.
"Deme la mejor habitación que tenga disponible", le había dicho Alán a la mujer rubia de aspecto cuarentón y maquillaje impecable.
Cruzaron el umbral y, en cuanto la puerta se cerró, él buscó su boca. Lena sintió que flotaba, aún con esos malditos zapatos incómodos puestos.
Dos manos grandes y cálidas rodearon su cintura.
La lengua que antes danzaba en su boca ahora recorría su cuello.
De un tirón le bajó el vestido, al menos lo suf