La mañana siguiente, mientras las gotas de la regadera le caían por el cuerpo, Alán se prometió a sí mismo no dejar que Lena hiciera con él lo que quisiera. Apretó los puños bajo el chorro de agua. La piel se le tensó.
No era tarde para dejar de correr en su ayuda cada vez que necesitara algo. O dejar de ser su escudo humano cuando hacía una estupidez.
Ella lo había dicho hasta el cansancio: "es un simple contrato", entonces él también vería las cosas de esa manera.
Terminó de arreglarse y se f