A la mañana siguiente, Alán acudió a la oficina.
El trabajo que quedaba podía hacerlo desde su departamento, pero el silencio y la quietud de las cuatro paredes lo llevarían a pensar demasiado. Necesitaba el ruido de su área de trabajo. Distracciones.
—Vaya, alguien aquí amaneció de mal humor —Alfonso fue a dejarle seis carpetas a su oficina y no pasó desapercibido el semblante casi asesino de su hermano menor.
—¿Qué dices? —Alán forzó una sonrisa—. Estoy igual que todos los días.
—Si usted lo