Estar en el hospital como paciente era, sin lugar a dudas, mi peor pesadilla, pero tener a mi "médico de cabecera" personal —ese mismo hombre que se negaba rotundamente a firmar los papeles del divorcio— merodeando cada segundo, hacía que la experiencia fuera doblemente insoportable. Ian me había llevado, casi a rastras, a la unidad de Neonatología para visitar a nuestra pequeña Isabella, pero a los diez minutos de estar allí ya estaba revisando su reloj con una expresión de pocos amigos, como