La casa, que normalmente resonaba con los gritos de júbilo de Ethan, las risas contagiosas de Isabella, los balbuceos constantes de Leo y la energía desbordante de Camila, se sentía extrañamente vasta. Había un silencio atronador que, para un hombre que había pasado los últimos años viviendo en un estado de alerta constante, resultaba sospechoso.
Noah y Emma, en un acto de piedad divina que deberíamos premiar con una estatua de oro, se habían llevado a los cuatro niños a una casa de playa para