La música en el Skyline era un pulso vibrante, un bajo espeso que golpeaba directamente en mis sienes, pero de una forma que me resultaba extrañamente liberadora. El lugar estaba saturado de luces de neón azules y púrpuras que cortaban la penumbra, logrando que las batas blancas, las urgencias médicas y el olor a antiséptico del hospital parecieran un vago recuerdo de otra vida.—¡Otra ronda de tequilas por aquí! —gritó Sofía sobre el ensordecedor estruendo de los parlantes, levantando su vaso con entusiasmo.—Sofía, frena un poco el acelerador, que mañana tenemos guardia en el retén de cirugía —advirtió Thiago, aunque él ya llevaba dos cervezas encima y una sonrisa boba en el rostro.—¡Mañana es mañana, Sterling! Hoy, la Dra. Harrington va a aprender lo que es vivir de verdad —Sofía me deslizó una copa con un líquido ámbar por la mesa de madera.Miré el vaso con cierta duda. Antes, en mis épocas de la facultad de medicina, dos copas de vino eran más que suficientes para que me diera
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