La guardia estaba siendo un verdadero dolor de muelas. No era precisamente por las emergencias, que podía manejar con los ojos cerrados, sino por la presión constante de tener que vigilar la puerta de la UCI de Zoe como si fuera la bóveda de un banco suizo. Isabella seguía en su incubadora, recuperándose a paso firme, una pequeña guerrera que parecía haber heredado la terquedad de ambos, pero mi "esposa" —aunque ella siguiera empeñada en sus delirios de soltería y me llamara "colega" frente a t