El día del alta médica de Zoe no fue la celebración triunfal, llena de champán y alivio, que mi imaginación había construido durante noches enteras de vigilia en la UCI. Fue, en cambio, un recordatorio agridulce, una lección de humildad que me susurraba que, aunque habíamos ganado la batalla crucial por su vida, la guerra por la integridad de nuestra familia aún mantenía frentes abiertos.
Ayudé a Zoe a subir al coche con una lentitud casi ceremonial, como si estuviera manejando cristal soplado