Mi habitación en la planta de maternidad se había convertido, de manera extraoficial, en el cuartel general de los R2 y el epicentro de los chismes más jugosos del Hospital General. Estar postrada tras una cesárea de emergencia tenía una sola ventaja real: la cantidad de información privilegiada que llegaba a mis oídos era directamente proporcional a los litros de suero que me habían pasado por vía intravenosa.
Sofía y Thiago estaban sentados a los pies de mi cama, fingiendo que revisaban mi hi