Leticia se había convertido en una sombra pegajosa que no lograba sacudirme. Se paseaba por el hospital colgada de mi brazo, su perfume inundando mis sentidos y asfixiándome con cada paso.
—Ian, cariño, esto es ridículo —me decía con ese tono meloso que ahora me provocaba náuseas—. Pídele el divorcio de una vez. Ella ya se fue de la casa, te ocultó a tu hijo por años... No tienes por qué seguir atado a esa mujer.
Yo no le respondía. Mis ojos buscaban a Zoe entre la multitud de batas blancas. El