El hospital se había convertido en mi único refugio. Entre el olor a antiséptico y el ritmo frenético de las urgencias, podía fingir que mi vida no se estaba desmoronando segundo a segundo. Llevaba una semana sin poner un pie en la mansión; me estaba quedando en el apartamento de Noah, quien se turnaba conmigo para no dejar a Leo solo ni un instante mientras se recuperaba del trasplante.
Estaba revisando unas gráficas en el puesto de enfermería del cuarto piso cuando sentí esa presión conocida