El hospital siempre se había sentido como una máquina de precisión perfectamente engrasada bajo mis pies, pero hoy, de una manera extraña y alarmante, cada engranaje parecía chirriar con fuerza. Tenía a Zoe marchando justo a mi lado, moviéndose por los pasillos con esa eficiencia silenciosa y quirúrgica que me recordaba de forma constante e implacable cuántos años de su inmenso talento me había perdido durante la dolorosa brecha de cinco años que nos separó desde la universidad. Pero la cruda r