La guardia matutina bajo la supervisión directa de Ian se sentía exactamente igual que caminar descalza sobre una hilera de vidrios rotos. Él definitivamente no me la estaba poniendo nada fácil en el terreno profesional; cada maldita instrucción médica que salía de su boca venía acompañada por una mirada inquisitiva o una indirecta mordaz sobre lo rápido que, según sus erróneos cálculos, yo había "recompuesto" mi vida afectiva en Londres tras mi huida. Por dentro, me daba cierta satisfacción ve