Jessy se sentó en el sillón de la sala de espera con las manos temblorosas y la mirada fija en el suelo. El reloj de la pared marcaba las diez en punto cuando la puerta se abrió y la terapeuta Lina Weaver se asomó la cabeza.
—Jessy, puedes pasar.
Se levantó con un suspiro, tomando su bolso como si fuera un salvavidas, y entró al consultorio. El espacio olía a ambientador, con luz suave filtrándose por una ventana cubierta de cortinas cremas. Lina, una mujer de rostro amable y cabello canoso ata