Los gritos de la mujer que más amaba aún resonaban en su cabeza.
Peter bajó las escaleras del tribunal apresurado, con el corazón en un puño. Ni esperaba terminar de leer el veredicto, corrió hacia su auto sin despedirse de nadie. Había visto la llamada perdida de hace 10 minutos, y cuando por fin atendió respondió en un susurro a la segunda llamada de su esposa, fue solo para escuchar una frase que lo heló por dentro:
—¡Jessy está en trabajo de parto, señor Callaghan! La llevo a la clínica—le