Cordelia
Me arrastraron de nuevo a través de los pasillos... esta vez parecían mucho más pequeños.
Cada paso retumbaba en mi cabeza, y mis piernas temblaban como hojas al viento. Sentía el hierro frío de las esposas en mis muñecas, la piel herida y marcada donde ya no había espacio para más cicatrices.
Fernanda iba a mi lado, flotando. Más preocupada que nunca, podía acariciar en el aire el pánico que brotaba de sus ojos.
—¡Suéltenla, malditos bastardos! —gritó a los guardias, con una furia que