Cordelia
Su mirada permaneció fija en la mía, intensa, hambrienta… y jodidamente divertida.
—Tienes agallas, mocosa —dijo con una sonrisa torcida, inclinando apenas la cabeza—. Me apuñalas y me exiges ayuda como si fuéramos viejas amigas jugando a la guerra.
—No tengo tiempo para juegos —le gruñí—. Quiero ir al Averno. Y me vas a ayudar a llegar hasta él.
Fernanda, apoyada contra la pared, chasqueó la lengua.
—¿Vamos a ignorar que esto se está pareciendo sospechosamente a un episodio de “Corde