Cordelia
La cabaña no era tan solo una cabaña.
Era una enorme casa, con dos pisos, ventanales que reflejaban la luz de la luna y un porche que parecía sacado de una revista de lujo.
—¿A esto le llamas una cabaña? —exclamó Fernanda, llevándose las manos a la cara—. ¡Es una puta mansión! Pasar desapercibidos mis ovarios.
Damien se rió.
—No te preocupes, linda. Tiene hechizos protectores. Cualquiera que pase cerca solo verá campo.
Eso fue un alivio.
Aparqué el auto y cuando miré por el espejo ret