Zeiren
El hedor a sudor y sangre seguía impregnado en mi piel cuando me arrastraron de vuelta a la celda.
No me dieron tiempo para procesarlo.
No había tiempo para sanar, para respirar. Solo existía la siguiente pelea.
Me dejaron caer al suelo de piedra con la misma indiferencia con la que alguien tira un saco de carne.
—Descansa, mestizo. Mañana hay más.
La puerta de hierro se cerró con un golpe, y el sonido del candado girando fue la confirmación de que seguía atrapado.
De que nunca saldría