La oficina estaba en penumbras. Juan Diego seguía en la silla, con la camisa abierta, el cuerpo sudado, la cabeza dándole vueltas. Había pasado un tiempo desde que Lenna salió, desde que Alexandra se fue. No sabía cuánto. Los minutos se mezclaban con las horas, y las horas con la nada.
Con un esfuerzo sobrehumano, estiró el brazo y alcanzó el teléfono. La pantalla brilló en la oscuridad. Marcó el número de Max con dedos temblorosos. El teléfono sonó una vez. Dos veces. Tres.
—¿Diga? —la voz de