La puerta de la habitación de Thomas se abrió. Lenna salió caminando con pasos que apenas podía sostener. Las piernas le temblaban. Las manos le sudaban. La cabeza le daba vueltas. Tenía los ojos rojos, hinchados, las mejillas húmedas, los labios apretados para no seguir llorando. Había pasado una hora adentro, junto a él, viéndolo luchar por respirar, por vivir, por quedarse. Pero estaba muy débil. Demasiado débil.
Los padres de Thomas estaban en la sala de espera, sentados en las mismas silla