La luz de la mañana entraba por los ventanales de la habitación del hospital como un río de plata. Juan Diego estaba despierto, incorporado en la cama, con los ojos más claros, el cuerpo aún débil pero la mente ya despejada. El suero seguía goteando en su brazo, y los monitores marcaban sus signos vitales con un pitido rítmico que parecía contar los segundos de su recuperación.
Lenna estaba sentada a su lado, con las manos apoyadas en las rodillas, el cabello recogido en un moño desordenado, lo